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Relatos Yrum – Me tomarían por loca

Una historia con dos finales. El primero acaba en “Estoy viva”, el título que tenía pensado era “Joróbate Figón has perdido un corazón” y era la historia original. Al leerlo me di cuenta que faltaban algunas explicaciones y lo continué, decidí que el título con esta segunda aparte quedaría mejor si lo llamaba  “Me tomarían por loca”.

Joróbate Figón has perdido un corazón

No sé que fue lo que motivó a mi marido a escoger aquel lugar para nuestras vacaciones, nunca hubiera imaginado que elegiría tal sitio.Todo tenía un componente misterioso que no sabría definir pero que nos perseguía por todas partes, en especial aquel día… paseando por sus calles nos sentamos a descansar junto a unos músicos callejeros, me llamó la atención el color, sin brillo, de sus pieles tostadas y el blanco de los ojos tan oscuro y opaco ¿Sería un efecto de la luz del lugar?

Buscaba el mechero en mi bolso con esa imagen en la mente, había conseguido algo parecido jugando con los efectos de Photosop pero no dejaba de ser raro que alguien pudiera tener ese color de forma natural y a plena luz del día, cuando levanté la vista mi marido tenía la cara inexpresiva, el mismo color tostado sin brillo en la piel y el blanco de los ojos tan oscuro como aquellos músicos callejeros ¿Cómo puede ser?  no pude pensar más, en ese momento  comenzó a caminar  como un sabueso detrás de un rastro.

Le seguía como podía tratando de no perderle entre tanta gente. Por más que le gritaba parecía no escucharme. Pon fin se paró, miró al interior de un local y entró. Aquello era una gran sala en la que solo había un par de vitrinas vacías de las que colgaban jirones de gasas doradas. Continuó adentrándose por un pasillo que apareció al fondo y que fue a terminar en un gran espacio muy concurrido. Allí nos detuvimos contemplando la escena  bajo un arco de herradura. Aquello era un figón lleno de hombres, con indumentarias de todo el mundo y de todos los tiempos, en animadas tertulias. Nuestra presencia no provocó la menor atención. Las facciones de mi marido se fueron animando según iba reconociendo y nombrando a algunas de las personas que allí estaban. Algunos de los nombres me eran familiares, nombres de amigos de juventud, lo raro es que recordaba que habían muerto, pero seguramente estaría equivocada, al fin y al cabo no conocí a ninguno.

-“Mira ahí está tu primo Camilo” -. Me dijo señalando con el dedo. Miré pero no le vi.

¿Camilo? -pensé-si Camilo murió hace cinco años, ¡cómo iba a estar allí! La idea se me apareció de pronto: si mi primo está aquí es porque ¡estamos muertos! 

Aquello me puso muy nerviosa; teníamos que irnos de allí. Me acerqué a mi marido pero antes de que pudiera terminar la frase se fue a saludar a sus amigos y me dejó con la palabra sin pronunciar en la boca: muertos. Pero la orden ya había sido enviada desde mi cerebro a mis labios, estaba a punto de soltarla, cuando sentí que me cogían por los brazos y me llevaban. Eran dos hombres con idénticos trajes que en volandas me sacaron de allí me llevaron a otra estancia y me dejaron sentada en una silla frente a un hombre con bigote, semblante sereno y agradable que comenzó a gritarme. Me culpaba de la rotura y pérdida de los objetos que se encontraban en las vitrinas, que encontramos vacías, del local. Además de estar atónita no me daba la menor oportunidad de defenderme. Cuando los dos hombres salieron el del bigote me miró directamente al alma a través de mis ojos y dijo -“Si quieres salir de aquí debes morir atropellada” -me puso entre las manos un objeto del tamaño, peso y color de un ordenador portátil y reaparecí en medio de una calzada de varios carriles que rodeaban una inmensa glorieta. Todo estaba en silencio, no se veía a nadie, era como estar en una imagen fija. ¡Piensa, piensa!, me decía, pero no podía pensar, nada tenía sentido, nada era lógico las escenas se sucedían a una velocidad que mi mente era incapaz de incorporar,  estaba perdida y confusa. Debía tomar referencias, debía comprender todo aquello. Miré al cielo, la luz me confirmaba que era el mediodía e hice un recorrido mental por los acontecimientos.

Fue cuando lo comprendí, cuando realmente me di cuenta. Mi marido no volvería, nunca más estaría a mi lado, había muerto y lloré. Lloré amargamente creyendo que no soportaría aquel dolor que me desgajaba el alma, estrujaba mi estómago provocándome arcadas, comprimía mis pulmones sacando todo el aire que contenían. No había en mi cuerpo fluidos suficientes para todas aquellas lágrimas, aquel dolor volvió mis huesos de goma y me doble como un árbol frente a un huracán pensando que me quebraría en cualquier momento.

Cuánto tiempo pasó, lo desconozco, para mí una eternidad pero había llegado el momento de reaccionar, debía sobreponerme, tenía que salir de allí, huir de la muerte, sobrevivir. El sol comenzó a calentar mi piel, sentí la gravedad sobre mi cuerpo, los sonidos llegaron a mis oídos. El tiempo se había puesto en marcha. Un coche azul se aproximaba por mi izquierda, era el momento, debía dejarme atropellar, incomprensiblemente me esquivó. Traté de buscar un nuevo vehículo que me sacara del inframundo. Se acercaba un pequeño autocar, me planté en su camino, aquel conductor hizo todos los virajes posibles para no llevarme por delante. Si no me atropellaban me quedaría allí. Cabreada le tiré el objeto que aún llevaba conmigo pero no pasó nada. Decepcionada y creyendo que había llegado tarde para salvarme caminé hacia la acera cerca del autocar del que bajaba un grupo de jóvenes mujeres cantando “jJoróbate Figón has perdido un corazón”  mientras pasaban tras de mí, me sobrepasaron y se fueron alejando con su canción. Parada en la acera frente a la rotonda todo se volvió claro. He llegado ¡Estoy viva!

Me tomarían por loca

Fue una experiencia aterradora. Tras años de pensar en ello he llegado a algunas conclusiones que explican parte de lo que allí sucedió.

Aquellos músicos, no me cabe la menor duda, eran los acólitos de la parca. Cuando mi marido adquirió el color de ellos quedó marcado como socio de un club, el club del inframundo en el que debería ingresar.

Aquel lugar no podía ser otro. Estoy convencida que sabía de su inminente muerte, que por supuesto no me contó, si lo hubiera hecho no habría ido, no soy tan valiente. Creo que me llevó porque no se sentía seguro, sentía miedo, no sabía que podría encontrarse, me necesitaba a su lado. Se tranquilizó cuando vio a sus amigos. Sé que en ese momento el nexo que nos mantenía unidos se rompió. Lo sentí así, como cuando sabes quien es la persona que llama por teléfono. A partir de ese momento se desencadenó el resto de la historia.

Pero ¿qué sabía para ir a aquel lugar, para terminar en aquel sitio? Este es un misterio que me acompañará para siempre.

¿Quìenes eran aquellos hombres? supongo que como en toda gran organización serían sus funcionarios, los encargados de que ninguno de los que entraba saliera. Lo anómalo de todo aquello fue que entrara yo, una persona viva y que como tal no podía salir de allí sino con los píes por delante.

Después de repasar mucho aquellas escenas recordé, era un recuerdo vago, como un mensaje subliminal, que unos seres translúcidos de espeluznantes y enormes bocas negras venían a por mí justo cuando estuve a punto de pronunciar la palabra “muertos”. Por suerte, aquellos hombres me sacaron de allí en el momento preciso y me llevaron ante el del bigote. Sí, sin duda me protegió en aquella ocasión pero también cuando me sacó de allí dejándome en mitad de la rotonda, donde tenía que haber muerto atropellada, con aquel objeto que lo evitó. Pero el porqué lo hizo no tengo ni idea. Me gustaría pensar que su intervención fue motivada por mi marido que me protegía desde el más allá, pero a día de hoy no he tenido ninguna percepción a favor o en contra

Es una historia que no podré contar a nadie porque ¿quién creería que escapé del mundo de los muertos?, me tomarían por loca, por una mujer que ha perdido la razón después de la muerte de su marido en un país extranjero.

Yrum, un beso

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18 comentarios

Publicado por en 2 octubre, 2012 en Relatos breves

 

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